Domingo XIII - Tiempo Ordinario - Ciclo A - Koinonia

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Domingo XIII - Tiempo Ordinario - Ciclo A

Del santo Evangelio según san Mateo (10,37-42)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a un de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.
Pbro. Dr. Julio César Saucedo
Reflexión:
El presente texto evangélico, concierne a la última parte del discurso de Jesús sobre la misión; tocando, a su vez, dos aspectos fundamentales respecto al discipulado, a saber, el don de sí mismo teniendo como referencia al Señor, y la caridad ejemplificada en el recibimiento a quien anuncia el Evangelio. De hecho, el texto se comprenderá así, como un díptico que aborda estos dos aspectos, propios de una elección que se comprende en el amor:
1. El seguimiento fiel del discípulo
Seguir al Señor trae consigo el don total de sí mismo que, supera las relaciones más auténticas y verdaderas como aquellas de la familia. Por una parte, esta expresión sitúa al lector en la división que se puede suscitar al interno de la familia, cuando se decide seguir a Jesús; recordando que, en aquel tiempo existía el riesgo de ser expulsado de la sinagoga.
Esta primera parte, concluye con dos máximas discipulares, cuya realización está en el Señor: «el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» y «el que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará». Estas expresiones son únicas en el ámbito discipular, dado que, no existen paralelos tanto en la literatura judía o rabínica.

2. La caridad bajo el signo de la hospitalidad
Esta segunda parte, está centrada en el verbo «recibir» (en griego: δέχομαι–déxomai) repetida 6 veces en pocos versículos; por lo mismo, nos indica su importancia en el contexto del pasaje. Recibir al que se hace pequeño para anunciar el Evangelio, no nace de una simple compasión filantrópica o, del buen carácter y sensibilidad de alguien hacia los demás, sino del reconocimiento en el rostro del hermano de Cristo mismo.
Por lo tanto, el texto nos induce a tres mociones:
a) El amor comprometido por el Señor que, transfigura nuestras relaciones humanas.
b) Seguir a Jesús compromete a tal grado la existencia que, el discípulo es capaz de hacerse mártir (testigo) de lo que anuncia.
c) Todo lo que hacemos en la vida tiene eco en la eternidad. De modo que, la caridad vivida en el recibimiento del que se hace pequeño, es una recapitulación de las obras de misericordia.
Este texto evangélico exige, no la adhesión a una doctrina o a un código ético, sino a la elección que permite vivir de manera auténtica lo que el Señor mismo realizará en la Cruz. Este es el proceso que tiene su inicio en las bienaventuranzas (Mt 5) y que, poco a poco, van realizando aquel movimiento interno en el discípulo, al grado de, hacerlo salir de sí mismo (misión).
En este domingo, pidámosle al Señor permita que, frente a un contexto en el que se favorece el individualismo y la egolatría, entendidos muchas veces como sinónimos de felicidad; la Iglesia, comunidad de bautizados, manifieste con los pequeños y grandes gestos de caridad, el profundo amor del Crucificado, quien eleva al hombre y a la mujer a una vida digna.

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