Domingo XV - Tiempo Ordinario - Ciclo A - Koinonia

Revista Koinonía
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Domingo XV - Tiempo Ordinario - Ciclo A

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 16,15
Por serte fiel, yo contemplaré tu rostro, Señor, y al despertar, espero saciarme de gloria.

Se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA
Señor Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a cuantos se profesan como cristianos rechazar lo que sea contrario al nombre que llevan y cumplir lo que ese nombre significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

PRIMERA LECTURA
La lluvia hará germinar la tierra.
Del libro del profeta Isaías 55, 10-11
Esto dice el Señor: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”.
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL del salmo 64,l0abcd.10e-11.12-13.14
R. Señor, danos siempre de tu agua.
Señor, tú cuidas de la tierra,
la riegas y la colmas de riqueza.
Las nubes del Señor van por los campos,
rebosantes de agua, como acequias. R.
Tú preparas las tierras para el trigo:
riegas los surcos, aplanas los terrenos,
reblandeces el suelo con la lluvia,
bendices los renuevos. R.
Tú coronas el año con tus bienes,
tus senderos derraman abundancia,
están verdes los pastos del desierto,
las colinas con flores adornadas. R.
Los prados se visten de rebaños,
de trigales los valles se engalanan.
Todo aclama al Señor.
Todo le canta. R.

SEGUNDA LECTURA
Toda la creación espera la revelación de la gloria de los hijos de Dios.
De la carta del Apóstol san Pablo a los romanos 8,18-23
Hermanos: considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros; porque toda la creación espera, con seguridad e impaciencia, la revelación de esa gloria de los hijos de Dios. La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió. Pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos, en efecto, que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no solo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.
Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
R. Aleluya, aleluya.
La semilla es la palabra de Dios y el sembrador es Cristo; todo aquel que lo encuentra
vivirá para siempre. R. Aleluya.

EVANGELIO
Una vez salió un sembrador a sembrar.
Del santo Evangelio según san Mateo 13,1-23
Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que Él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo: “Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”. [Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve. Pero dichosos, ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron. Escuchen, pues, ustedes, lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto. En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”].
Palabra del Señor.

REFLEXIÓN
Pbro. Dr. Julio César Saucedo

El texto evangélico que corresponde a este domingo, se le conoce como «la parábola del sembrador y la semilla». Estas palabras de Jesús indican la suma responsabilidad para acoger y custodiar la Palabra de Dios. De hecho, la imagen del sembrador que deja caer la semilla en distintos terrenos es bastante sugestiva, pues no se refiere a un cierto descuido, sino a la gratuidad con la que el Señor dona su Palabra, incluso en aquel terreno que pudiera parecer estéril. Podríamos decir, parafraseando al Papa Francisco que, «el Señor no se cansa de sembrar».
Entonces, ¿qué necesita el creyente para que haya una apertura fundamental a la Palabra? De la tradición cristiana podemos recoger estos aspectos para permitir que nuestro interior sea una tierra fértil:
a) El silencio exterior e interior. Son dos condiciones preliminares para una escucha profunda de la Palabra, dado que, posibilitan a que cada uno se predisponga a entrar en sí mismo; podríamos decir, en la «celda de nuestro corazón (interior)». Será allí que, alejándonos de los rumores, atendamos a nuestro «corazón inquieto» que desde su miseria anhela encontrarse con Dios (San Agustín).
b) El descentramiento del yo. Esta es la grande batalla cotidiana; más si el yo es hipertrófico, es decir, se encuentra en un “aumento excesivo de sí” en el que ya no hay espacio para Dios. De ahí que, surja la necesidad de “descentrar” o “deslocalizar” el yo, para estar atentos a las mociones del Espíritu y sea evidente la primacía de la Palabra en la propia vida (obediencia a la Palabra). Justamente, obediencia proviene del latín ob-audire, que correspondería al significado de “saber escuchar”. Perseverar en la obediencia a la Palabra para no sofocarla con las aspiraciones egoístas requerirá de la oración, el ayuno de pensamiento e imágenes, así como de la docilidad y humildad a la gracia de los sacramentos.
c) Descentrar el yo para encontrar el nosotros. La búsqueda del silencio y el descentrar nuestro yo, no son motivos para generar una “espiritualidad farisaica”, pues la propia dinámica de la Palabra suscita en el creyente la necesidad del encuentro, con el Señor en la Eucaristía y la Reconciliación, como en el servicio hacia el hermano(a).
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