Domingo XVII - Tiempo Ordinario - Ciclo A - Koinonia

Revista Koinonía
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Domingo XVII - Tiempo Ordinario - Ciclo A

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 67,6-7.36
Dios habita en su santuario; Él nos hace habitar juntos en su casa; es la fuerza y el poder de su pueblo.

Se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA
Señor Dios, protector de los que en ti confían, sin ti, nada es fuerte, ni santo; multiplica sobre nosotros tu misericordia para que, bajo tu dirección, de tal modo nos sirvamos ahora de los bienes pasajeros, que nuestro corazón esté puesto en los bienes eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

PRIMERA LECTURA
Por haberme pedido sabiduría.
Del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12
En aquellos días, el Señor se le apareció al rey Salomón en sueños y le dijo: “Salomón, pídeme lo que quieras, y yo te lo daré”. Salomón le respondió: “Señor, tú trataste con misericordia a tu siervo David, mi padre, porque se portó contigo con lealtad, con justicia y rectitud de corazón. Más aún, también ahora lo sigues tratando con misericordia, porque has hecho que un hijo suyo lo suceda en el trono. Sí, tú quisiste, Señor y Dios mío, que yo, tu siervo, sucediera en el trono a mi padre, David. Pero yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo y me encuentro perdido en medio de este pueblo tuyo, tan numeroso, que es imposible contarlo. Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón, para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. Pues sin ella, ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan grande?”. Al Señor le agradó que Salomón le hubiera pedido sabiduría y le dijo: “Por haberme pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar, yo te concedo lo que me has pedido.
Te doy un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido antes, ni lo habrá después de ti. Te voy a conceder, además, lo que no me has pedido: tanta gloria y riqueza, que no habrá rey que se pueda comparar contigo”.
Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL del salmo 118,57 y 72.76-77.127-128.129-130
R. Yo amo, Señor, tus mandamientos.
A mí, Señor, lo que me toca
es cumplir tus preceptos.
Para mí valen más tus enseñanzas
que miles de monedas de oro y plata. R.

Señor, que tu amor me consuele,
conforme a las promesas que me has hecho.
Muéstrame tu ternura y viviré,
porque en tu ley he puesto mi contento. R.

Amo, Señor, tus mandamientos
más que el oro purísimo;
por eso tus preceptos son
mi guía y odio toda mentira. R.

Tus preceptos, Señor, son admirables,
por eso yo los sigo.
La explicación de tu palabra
da luz y entendimiento a los sencillos. R.

SEGUNDA LECTURA
Nos predestina para que reproduzcamos en nosotros mismos la imagen de su Hijo
De la carta del Apóstol san Pablo a los romanos 8, 28-30
Hermanos: ya sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por Él, según su designio salvador. En efecto, a quienes conoce de antemano, los predestina para que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. A quienes predestina, los llama; a quienes llama, los justifica; y a quienes justifica, los glorifica.
Palabra de Dios

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Mt 11,25
R. Aleluya, aleluya.
Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla.
R. Aleluya.

EVANGELIO
Vende cuanto tiene y compra aquel campo
Del santo Evangelio según san Mateo 13,44-52
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra. También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. ¿Han entendido todo esto?”.
Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces Él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.
Palabra del Señor

Reflexión
Pbro. Lic. Daniel Tonatiuh Durán Mendoza

El Evangelio de este domingo presenta dos parábolas únicas con las cuales desvelan un poco el contenido tan rico y profundo de la categoría Reino de Dios. Ambas narran el momento oportuno y exacto en el que un hombre y un comerciante descubren un tesoro y una perla. Este descubrimiento desencadena una alegría incomparable, provocando en los protagonistas una decisión de obtener a cualquier costo y de cualquier manera aquellos tesoros.
Con estas parábolas, Jesús revela la importancia que tiene el Reino de Dios en medio de nosotros, pero a la vez una característica muy peculiar: la de provocar y sacudir nuestra entera existencia en pro de alcanzarlo, es decir, el encuentro con él nos empuja a dejar atrás todo cuanto no corresponde y obstaculiza a ese objetivo. Eso significaría que tal fascinación suscita una decisión contundente y total que compromete toda nuestra persona.
¿Qué significa que el Reino de Dios sea como un tesoro o una perla? Estas figuras, además de significar su alto valor en términos de riqueza, simbolizan lo fascinante, atrayente y cautivador que éste tiene en nosotros. Estas notas características, al ser inmediatamente captadas por la persona no pueden pasar desapercibidas, pues esta se siente motivada a poner toda su inteligencia y libertad, optando alcanzar aquello para obtenerlo.
Por tanto, esta dinámica (cautivar-atraer-actuar) propia del Reino de Dios, nos demuestra su impacto tan profundo, pero a la vez contundente que nos mueve a decidir y a poner en juego todo de nosotros, pero ¿cómo encontrar el Reino de Dios? Cuando el cristiano se topa con el Reino de Dios no ocurre de forma programada o preestablecida, sino que acontece de forma inesperada y sorpresiva, sólo así puede atravesar todos nuestros prejuicios, justificaciones, miedos, conflictos personales y racionalismos y llegar a la parte medular de nuestra persona, desencadenando una alegría incontenible, pero a la vez un compromiso radical.
Pero ¿por qué fascina y atrae el Reino de Dios? Porque se identifica principalmente con una persona: Jesús. Él es el único que puede corresponder a los anhelos y aspiraciones más profundas del ser humano como la felicidad y salvación. El encuentro y la presencia de Jesús le da a nuestra vida un nuevo sentido que orienta y reorienta siempre a un significado único: hacer presente el Reino de Dios.
Quizá en este tiempo en el que nuestro país es golpeado por la pandemia del SARS-CoV-2, el escenario no parece fascinante ni atrayente, por el contrario, se dibuja un panorama difícil y trágico con tantas pérdidas humanas y materiales. Pero en medio de esta situación adversa, el Reino de Dios se presenta ante el cristiano de manera sorpresiva -como le es característico- para dar un sentido al contexto en el que vivimos e impulsarnos a lo que verdaderamente importa: su presencia en medio de nosotros, porque quien lo encuentra no tiene dudas, siente que es lo que buscaba, que esperaba y que responde a sus aspiraciones más auténticas (Papa Francisco, Homilía del 27 de julio de 2014).
Pidamos a Dios la gracia de encontrarnos siempre con el Reino de Dios para así no perder de vista la finalidad de nuestro ser cristiano: la construcción del Reino.

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