Domingo XXII - Tiempo Ordinario - Ciclo A - Koinonia

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Domingo XXII - Tiempo Ordinario - Ciclo A

Reflexión dominical XXII Domingo Ordinario, ciclo A
Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres
Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores

Los pensamientos de Dios sobre el Mesías y su misión eran unos; los pensamientos que los hombres tenían eran otros completamente distintos. Aquí se cumple lo dicho por Dios a su pueblo por medio del profeta Isaías: «sus pensamientos no son mis pensamientos, ni sus caminos mis caminos» (Is 55,8).
El profeta Jeremías, en sus «confesiones», nos comparte su experiencia "dramática"; de ser generoso con la propia vocación. Él sabe que ha sido llamado por Dios a una misión ardua, desgastante y difícil (Primera Lectura).
La carta a los Romanos nos expresa una verdad que nos anima y consuela, pero no por ello menos exigente. Nos invita a entender nuestra vida como una ofrenda a Dios cambiando para ello nuestra mentalidad (Segunda lectura).
En el Evangelio, Jesús enseña con claridad y exigencia que es necesario tomar el camino de la cruz para salvar a la vida. Quien desea seguir a Jesús fielmente con generosidad, deberá tomar su cruz y ponerse detrás de Él. El mensaje cristiano es un mensaje de alegría y triunfo pascual, pero un mensaje que necesariamente pasa por el camino de la cruz (Evangelio).
El camino de nuestra vida nos enseña que sin esfuerzo, dedicación, sacrificio, constancia, renuncia, no hay ganancia, no se alcanza la meta. Así es en el deporte, el estudio o el trabajo. Sin embargo, algunos, no vemos más allá de nuestra comodidad inmediata, nos dejamos engañar por quienes nos ofrecen éxitos faciles, sin esfuerzo, sin compromiso, poniendo en riesgo nuestro futuro. Así sucede con los propósitos que hacemos por ejemplo de bajar de peso sin dieta, o de aprender sin estudiar. El resultado es tan malo y a veces nos lleva a la desilusión, que confirmamos aquello de: “lo barato sale caro”. Dios nuestro Padre, autor todo de cuanto existe, que nos invita a vivir en la verdad y aceptarla, ha enviado a su Hijo Jesús, a enseñárnoslo. Cristo ha venido a sacarnos de la confusión y extravío en el que nos metimos al desconfiar del Padre y pecar, con lo que nos condenamos al mal y muerte.
Sólo el amor que da vida y se entrega hasta el extremo podía sanarnos del pecado y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eterna. Sin embargo, cuando Jesús explica esto a los apóstoles, Pedro, asumiendo los criterios del mundo, trata de disuadirlo para que no cumpla su misión. Entonces Jesús, que, como dice san Hilario, conoce el origen de las intrigas[1], le hace ver que se está dejando engañar por el diablo, que ofrece a la gente ideas atractivas, pero falsas. Muchas veces nos sucede lo mismo. Por ejemplo, Si no nos “nace” ir a Misa, no vamos. Si ser fieles en el matrimonio o el noviazgo nos cuesta trabajo, no lo somos. Si ser honestos, leales, responsables no es útil, preferimos ser “abusados o mejor dicho abusar” antes que honrados y honestos. Si para ayudar a alguien tenemos que incomodarnos o quitarnos algo, mejor no ayudamos o caemos en el pecado de omisión al cerrar los ojos a la necesidad del hermano. Si para mejorar la alcaldía, la ciudad o el País hay que participar, mejor nos conformamos con criticar o señalar desde fuera lo que está mal sin ser capaces de mover un dedo. ¿Y a dónde nos lleva todo esto? Vidas, familias, matrimonios, amistades y noviazgos destrozados, y sociedades plagadas de individualismo, mentira, soledad, injusticia, pobreza, corrupción, violencia y muerte. Por eso Cristo el Señor, que nos advierte que de nada nos sirve tener un éxito o logro efímeros si nos perdemos a nosotros mismos, nos enseña que para hacer la vida llena de amor y compromiso necesitamos tres actitudes que cumplir: negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirlo.
Negarse a uno mismo es salir de la prisión del egoísmo, la mentira, y en ocasiones de la indiferencia. Tomar la cruz es amar a Dios, a nosotros mismos y al prójimo a la manera de Jesús viviendo su Evangelio con alegría. Y seguir a Jesús es, como aconseja san Pablo, dejar que una nueva manera de pensar nos transforme para que sepamos discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo perfecto[2].
Comprendiendo la esperanza que nos da el llamamiento de Dios[3], sigamos a Jesús por el camino del amor, del servicio, de la entrega, de la donación de la propia vida. Así nos sentiremos tan llenos del amor de Dios, que, como le sucede al profeta Jeremías, ni las penas ni los problemas podrán contener nuestro deseo de mostrar a todos este camino[4], confiando en la ayuda del Espíritu Santo, que, como promete el Salmo, siempre nos sostendrá[5]. Que la Virgen María de Guadalupe nos asista y sostenga con su intercesión para que hagamos vida la palabra de su Hijo Jesus. Así sea.
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[1] Cf. Ev. Sn. Mateo, 16.
[2] Cf. 2ª Lectura: Rm 12, 1-2.
[3] Cf. Aclamación: Ef 1,17-18.
[4] Cf. 1ª Lectura: Jer 20, 7-9.
[5] Cf. Sal 62.
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