Domingo XXIV - Tiempo Ordinario - Ciclo A - Koinonia

Revista Koinonía
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Domingo XXIV - Tiempo Ordinario - Ciclo A

Domingo XXIV - Tiempo Ordinario - Ciclo A

Pbro. Dr. Julio César Saucedo Torres

A través de distintas escenas, el Evangelio de hoy presenta como hilo conductor el perdón. Mateo, en este sentido, desea que aquella comunidad a la que escribe, comprenda que, el perdón no es un elemento accesorio de la fe cristiana, sino el centro de la relación entre Dios y el creyente que, lo capacita no sólo para recibir la misericordia divina, sino también para comunicarla a su hermano.
La primera escena corresponde a la pregunta de Pedro: «“Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”». Recordemos que, el número 7 en la Sagrada Escritura expresa la perfección. De este modo, se puede comprender que, detrás de la pregunta de Pedro acerca del perdón al hermano, no se pretende averiguar una cierta fórmula matemática para perdonar, sino la calidad inscrita en ese perdón.
La segunda escena narra a un rey que, ante la súplica de un siervo, le perdona su deuda. Éste habiendo sido perdonado, apenas se encuentra a un compañero que le debía poco dinero, y no teniendo con qué pagarle, lo mete en la cárcel. En este sentido, resulta bastante interesante la pregunta del rey a ese siervo que no tuvo compasión por su compañero, pues manifiesta que el perdón no es un aspecto estático, sino una dinámica que se entiende como donación al hermano: «¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo lo tuve de ti?». La expresión es bastante fuerte, porque aquel siervo que suplicó y recibió el perdón, en realidad, no lo experimentó; en otras palabras, no lo hizo suyo. Por eso, fue incapaz de perdonar.
Con este texto se puede decir que, Dios siempre toma la iniciativa para perdonarnos, y en su compasión, poder realizar un camino de reconciliación; pero, ese don recibido nos involucra en saber compartirlo-donarlo, de lo contrario, se hace estéril e infecundo porque se agotó en la mezquindad del propio yo. A este respecto, parecen bastante iluminadoras las palabras del teólogo Virgilio Elizondo: «Perdonar no significa olvidar; antes bien, si hubiese podido olvidar, no sería necesario perdonar. La verdadera virtud consiste en el perdonar propio recordando, porque perdonar significa ser liberados de la ira interior, de los resentimientos y de la búsqueda de la venganza que consuma cada fibra de mi ser».
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