Domingo XXV - Tiempo Ordinario - Ciclo A - Koinonia

Revista Koinonía
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Domingo XXV - Tiempo Ordinario - Ciclo A

Pbro. Lic. Marcos Rodríguez
La parábola del evangelio de este domingo sigue la línea eclesiológica de Mateo. Y finalmente vemos la importancia de la comunidad en el proyecto del Reino de Jesús: la corrección y el perdón nos lleva a saber cual es nuestro lugar en la comunidad.
Si vemos la parábola de hoy en una perspectiva histórica, las etapas se pueden repartir: los hombres contratados al inicio de la jornada son los apóstoles; a medio día, el trayecto de la Iglesia, al atardecer, nosotros mismos.
Pero más allá de la interpretación o actualización de la parábola, lo importante es ver las actitudes de los personajes que nos ayudan a reflexionar nuestro aquí y ahora: El dueño de la viña: Siempre sale al encuentro; busca, invita; es justo. Es el Dios de Jesucristo que cambia la perspectiva del Dios de Israel. Un padre amoroso que hace con lo suyo lo que quiere.
Los trabajadores: si bien están en la pasividad, pues los recogen en las plazas, al entrar a la viña trabajan en ella. Mateo no describe si dentro de la jornada hay o no problemas, esos vendrán después. La comunidad es para trabajar.
El reclamo: Aquí se presenta el problema. La justicia (pensamiento) de los hombres, no es la justicia (pensamiento) de Dios, pues su camino aventaja a la de los hombres. (Cfr. Is 55. 6-9; primera lectura). Hay que ver más allá de la simple retribución; hay corresponsabilidad.
El lector/oyente: Con las ideas anteriormente expuestas, se entiende la enseñanza del evangelio: los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos. Es la dinámica del Reino, donde se sabe que ahora eres el primero, pero terminarás siendo el ultimo, y esto no es degradación, sino participación en la implantación del Reino de Dios en el mundo.
San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que Dios ha dispuesto que unos fueran apóstoles; otros profetas; otros evangelizadores; otros pastores y maestros, para edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4, 11). Pensemos en el lugar que nos corresponde en la comunidad y trabajemos por esa edificación del cuerpo de Cristo. La pertenencia a la Iglesia, como a todo grupo social, exige madurez. La madurez no se alcanza con la edad, sino con la perseverancia y la experiencia. Nuestra madurez es una expresión de nuestra fe, de nuestro caminar y de la experiencia de Cristo y vivencia comunitaria.
Señor Jesús, tu nos llamas a trabajar en tu viña. Permite que siempre seamos dispuestos a trabajar por el denario de tu misericordia y de tu amor. Que descubramos nuestro lugar en tu comunidad, sin presunciones. Perdónanos por reclamar un salario que no merecemos y por no comprender tus pensamientos. Que vivamos con dignidad la vocación a la que nos has llamado y obtengamos la madurez en ti, que vives con el Padre y el Espíritu y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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