Domingo XXVIII - Tiempo Ordinario - Ciclo A - Koinonia

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Domingo XXVIII - Tiempo Ordinario - Ciclo A

A lo largo de estos domingos, hemos escuchado algunas parábolas que hacen referencia al rechazo que, el pueblo en sus dirigentes da a la llamada de Dios; y, en este domingo, encontramos la última parte de toda esta sección. De hecho, este texto evangélico posee dos parábolas con una enseñanza distinta pero que, tienen un punto en común: el rechazo de un pueblo, y aquel, que se entiende como la «no conversión». Veamos.
1ª Parábola: En primer lugar, la parábola nos ubica en un contexto de bodas: el rey celebra la boda de su hijo. Recordemos que, en el Antiguo Testamento, una figura utilizada para hablar de la relación de Dios con su pueblo es a través de la figura matrimonial, bajo la cual, se enfatiza que, a pesar de la infidelidad del pueblo, Dios permanece fiel a sus promesas. En esta parábola, entonces, el rey representa al Padre quien prepara el banquete de bodas del Hijo con su pueblo.
A este respecto, tengamos presente que, el «banquete» o la «comida» en varias culturas es un gran medio para expresar la amistad y la intimidad que, en un sentido teológico, significa el encuentro con Dios. Por otra parte, los servidores que van al encuentro de las personas invitadas, representan a los profetas quienes recibirán el rechazo e incluso el maltrato y la muerte. Los nuevos invitados provenientes de diversos lugares expresan la conformación del nuevo pueblo que es congregado, es decir, la Iglesia.
2ª Parábola: esta parábola está enmarcada por el rey que observa a los invitados, quien nota que, uno de ellos no llevaba «el traje de boda». Como se aprecia, el desenlace es sumamente trágico, pero con una gran enseñanza: no es suficiente haber sido llamados y convocados a la fiesta, se necesita del vestido que, da a entender el cambio de mentalidad, es decir, la conversión. En otras palabras, el bautismo que incorpora a la persona al nuevo pueblo requiere de aquella conversión constante, representada simbólicamente en el «vestido de fiesta»: «Sin cambio de hábito, es decir, sin la conversión del corazón de las costumbres pasadas, sin una nueva personalidad, no se puede participar del banquete de la comunión con Dios» (Cardenal Gianfranco Ravasi).
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