San Agustín, De catechizandis rudibus - Koinonia

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San Agustín, De catechizandis rudibus

Padres de la Iglesia
«Si Cristo vino fue, sobre todo, para que el hombre supiera cuánto le ama Dios y lo aprendiera para encenderse más en el amor de quien lo amó antes, y para amar al prójimo según la voluntad y el ejemplo de quien se hizo próximo prefiriendo no a los que estaban cerca de él, sino a los que vagaban lejos; toda Escritura divina escrita antes fue escrita para preanunciar la venida del Señor; y cualquier cosa que haya sido transmitida después con las cartas y confirmada con la autoridad divina habla de Cristo e invita al amor: está claro que no sólo toda la Ley y los profetas, que hasta entonces eran toda la Sagrada Escritura, por haberlo dicho el Señor, se apoyan en estos dos preceptos del amor a Dios y al prójimo, sino también todo lo que, a continuación, ha sido consagrado para la salvación, así como los volúmenes de las divinas Escrituras confiados a la memoria. Por lo cual, en el Antiguo Testamento está oculto el Nuevo, y en el Nuevo está la revelación del Antiguo. Según esta ocultación, los hombres materiales que entienden sólo de modo material han estado sometidos, tanto entonces como ahora, por el temor al castigo. En cambio, según esta revelación, los hombres espirituales que entienden de manera espiritual, a quienes, por estar piadosamente palpitantes, fueron reveladas las cosas ocultas y piden ahora, sin soberbia, que no les queden ocultas las cosas reveladas, esos hombres han sido liberados por la caridad entregada. En consecuencia, ya que nada es más hostil a la caridad que la envidia, y la soberbia es madre de la envidia, el Señor Jesucristo, Dios hombre, es al mismo tiempo prueba del amor divino por nosotros y ejemplo de humana humildad entre nosotros, a fin de que nuestro mayor mal sea sanado por la medicina contraria, que es aún más grande. Gran miseria, en efecto, es el hombre soberbio, pero la misericordia del Dios humilde es aún mayor. Ponte, pues como fin este amor, al que referirás todo lo que digas; cuenta todas las cosas de manera que la persona a la que hablas crea al escuchar, espere al creer y ame al esperar».

San Agustín, De catechizandis rudibus, 4,8-11.
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